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Tongazos de Oscar

Por Ele Pinkman

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No sé por qué me enfado tanto con unos premios que, realmente, ya no me interesan. Cuando era joven e impresionable me encantaba ver ese desfile de caras conocidas que sentía familiares de tanto llevarlas en las carpetas del colegio. Me afanaba en intentar ver las películas que habían ganado la gala ocho meses después, cuando por fin estaban disponibles en el videoclub (de tanto tiempo que pasaba se te olvidaba hasta de qué iba la película) sólo para poder decidir si estaba de acuerdo o no con al decisión de un jurado que nunca me representó.

Quizá por esa “inaccesibilidad” tan característica de Hollywood me gustaba todo tanto, o simplemente porque era pequeña.

Tardé muchos años en encontrar a alguien con quien compartir sentimientos e indignación; alguien que se quedase a ver la gala conmigo de noche aunque estuviese en otra provincia y luego ir de reenganche al colegio o al trabajo. Alguien que, en una era más accesible en cuánto a formas de encontrar una película, también hubiese visto todo lo posible para opinar con conocimiento de causa y, por supuesto, con la rabia que yo necesitaba.

Después, con la llegada de las redes sociales y la sobreexposición de celebrities y películas mediocres con las que te bombardean meses (cuanta más publicidad, peor es la película, no tengo dudas), esa pasión se desvaneció. Se convirtió en un mero trámite, en nostalgia, en uno de esos acontecimientos a los que acudes ya sin ganas, solo por tradición. Pero algo me pasa todos los años: me enfado. Es como si me fuese la vida en ello, como si me importase a mi una mierda que se lleve el Oscar Pepito o Menganito, como si cobrase yo por elegir mi película. Es absurdo, lo sé, pero también lo es emocionarse porque un equipo de fútbol gane o pierda un partido ¿no? Pues eso, cada loco con su tema.

He vivido muchos robos a lo largo de este tiempo. Todo empezó a torcerse para mí cuando El paciente inglés le ganó a Fargo, porque Hollywood siempre prefiere premiar las ñoñerías blanquitas antes que algo más arriesgado como la cinta de los Coen; al menos Frances McDormand se hizo justicia llevándose el suyo. Conste que este en concreto es uno de esos Oscars que comprendí con el tiempo, porque yo no había visto Fargo ni probablemente ninguna de las nominadas de aquel año hasta que fui bastante más mayor....

Luego llegó el año de L.A. Confidential, una edición de esas que te dan ganas de desmayarte solo de leer las nominadas: Titanic, El indomable Will Hunting, Mejor imposible y Full Monty. Fue un año histórico dónde el Oscar a mejor peli se lo llevó Cameron por Titanic, y sirvió para que tiempo después le dieran un Oscar "tirita" a Russell Crowe por Gladiator, solo por compensar que ni lo hubiesen nominado por su papelón en la cinta de Curtis Hanson. Es que vamos a ver, Gladiator bien, pero tampoco era para ganar un Oscar....

Pero si hablamos de tiranía, tenemos que hablar de 1999 y de cómo Harvey Weinstein se empeñó en que Shakespeare in Love debía ganarlo todo. Cuando ese asqueroso sujeto abría la boca, se le obedecía. Fue una gala de paripé donde Cate Blanchett perdió su estatuilla como reina Isabel frente a la cursilada de Gwyneth Paltrow, igual que perdió Spielberg con Salvar al soldado Ryan frente a la misma cinta. Fue una injusticia sistémica que se repetiría años después con el robo a Sean Penn en Yo soy Sam, entregándole el premio a Denzel Washington por un Training Day que a día de hoy ya nadie recuerda. Ahí entendí que la mayoría de las películas "oscarizadas" caen en el olvido mientras las segundonas perduran durante décadas. Como le pasará a Anora. Lo siento tenía que decirlo.

Incluso cuando entramos en los dos mil, la cosa no mejoró. Todavía me pregunto quién recuerda Crash el año en que Brokeback Mountain partía como la gran favorita. O el año en que DiCaprio se quedó sin su Oscar por El lobo de Wall Street porque Matthew McConaughey se lo llevó calentito por Dallas Buyers Club; he de confesar que ahí la apuesta era difícil porque los dos estaban de Oscar, pero dolió igual. Lo mismo me pasó en 2020 con 1917. No soy de cine bélico, pero por cosas de la vida acabé viéndola seis veces y me quedé prendada. Jojo Rabbit era mi apuesta ese año, pero más por una cuestión de gustos personales que porque pensase realmente que podía ganar. Al final ese año se lo llevó Parásitos y, aunque la ganadora era decente, me picó un poco que no fuesen "las mías".

Podría seguir infinitamente e incluso mencionando cómo Al Pacino no olió la estatuilla hasta Esencia de mujer (que ya me dirás tú...), cómo Kubrick jamás ganó como mejor director o cómo Ciudadano Kane no se llevó el Oscar en su año. Pero es que la falta de objetividad llega a puntos ridículos, y aquí añado una pequeña polémica: morirte no hace que tu interpretación sea mejor.

No me funéis, pero eso de llevarse el premio solo por estar muerto no tiene sentido. Entiendo el homenaje y el reconocimiento, pero ganar un Oscar póstumo es una soplapollez; si queréis rendir honores, haced otra cosa, pero sed objetivos con el trabajo.

Al final, supongo que mi enfado es solo la prueba de que, muy en el fondo, todavía me importa. Sigo acudiendo a la cita cada año, aunque sea por el puro placer de indignarme y decir que los que votan no tienen ni idea, que son hombres mayores gagás muy americanos que no representan el cine y lo peor es que sé que en parte, tengo razón.

Porque el cine europeo le da 500 patadas a cualquiera gala de los Oscar. Y si bien casi todos los años puedo arañar algo interesante y perdurable, lo cierto es que las películas de Hollywood no significan ya lo que significaban para mi hace unos años. Ahora son plástico y aburrimiento, sonrisas forzadas en historias poco originales pero que necesito ver, como los yonkis con su dosis, por qué? Efectivamente, porque me encanta criticar con conocimiento de causa.

Veremos con qué me enfado este año. Gracias por leerme, os quiero!

Los Oscar a través de los años: Robos, tongos y decisiones cuestionables

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La ñoñada de Shakespeare In Love

Fotograma de Brokeback Mountain