Respirando Nostalgia

Sabes que te estás haciendo mayor cuando te dan ataques de nostalgia. Cuando empiezas con los comentarios que hacían tus padres o tus abuelos mientras tú pensabas: “Ya estamos otra vez... EN MIS TIEMPOS”.

Esa frase es la que deja entrever que ya no tienes 20 años (gracias a Dios, he de añadir). La nostalgia es un arma poderosa; si no, que se lo digan a los estudios cinematográficos y a todas esas series que vuelven de entre los muertos después de llevar dos décadas enterradas. Vuelven por nosotros, a sacarnos los cuartos —como diría mi madre—, porque absolutamente todo el mundo se alimenta de nostalgia cuando va subiendo de nivel y sumando números a las velas de la tarta.

La nostalgia no son más que recuerdos felices asociados a una niñez despreocupada. Una época donde el mayor de nuestros problemas era ver con qué tontería le tocaba lidiar a Punky Brewster o si se ahogaría algún feo (porque es verdad, solo se ahogaban los feos) en Los vigilantes de la playa.

Eran veranos de calle y arena, compartiendo sándwiches de Nocilla con el mejor amigo que acababas de hacerte en la plaza del pueblo de tus abuelos, o pidiéndole dinero a tu madre para pillarte un Mikolápiz en el chiringuito de turno, regentado por un señor de 60 años en bañador que te decía eso de “toma, bonita”, mientras de paso te encasquetaba un agua porque todavía no habías aprendido el valor del dinero.

Veranos con Los trotamúsicos, Las tres mellizas, Scooby-Doo, El príncipe de Bel-Air, Las gemelas de Sweet Valley y California Dreams. Quién no ha soñado, aunque fuese solo por un momento, con ser como Hércules o Xena, por aquel entonces el culmen de los efectos especiales donde todo era real y plausible, incluso aquellas volteretas que nada tenían que envidiar a las patadas voladoras de Chuck Norris. Quién no ha pasado alguna noche acojonada viva con Expediente X o soñado que éramos Buffy o las Embrujadas (todas menos Paige; Paige es la Hufflepuff de las Embrujadas).

Pero había vida más allá de los veranos: una vida de colegio, tareas y meses enteros que ya no recuerdas porque, al igual que tu vida de adulto, se componen de nada. Pero en medio de aquella pereza existencial estaban Matilda, Casper o La familia Addams para alegrarte el día. Películas para niños que no se perciben tan infantiles como las que podemos encontrar hoy.

¿Éramos los millennials (y las generaciones anteriores) más resistentes o es que ahora todos los críos son medio tontos? ¿Dónde están esas películas que, lejos de infantilizar a los niños, los trataban como adultos en ciernes y, de paso, daban algo para que los padres no se muriesen de asco viéndolas? Si alguien aquí me nombra cosas como Padre no hay más que uno, iré corriendo a comisaría a poner una denuncia; ya se me ocurrirá el motivo por el camino.

Parece que lo único que consumen hoy los proyectos de adolescentes es animación. Lo cual, ojo, defiendo a capa y espada en este artículo; ese no es el problema. Pero ¿por qué no hay más personas de carne y hueso y propuestas físicas para los niños? ¿Dónde está la nueva Familia Addams? Creo que a las nuevas generaciones les han freído el cerebro con discursos destinados a los adultos, borrándoles cualquier atisbo de intento de pensar por sí mismos, de discernir entre el humor y lo tóxico. Chavalas cuyo máximo recuerdo obsesivo de juventud será Ladybug, con esa animación estándar que hoy podría ser perfectamente IA de lo anodina que resulta.

Hoy jamás hubiese sido posible la emisión de, por ejemplo, La bola de cristal (esto es más de la generación de mi hermano que de la mía, pero es el ejemplo perfecto). De emitirse hoy, todo el mundo se echaría las manos a la cabeza y acabaría relegada, con suerte, a algún canal que apostase por emociones un poco más fuertes para niños (como cuando yo veía a escondidas, a las tantas de la mañana en Vía Digital, Celebrity Deathmatch).

Mención especial a La banda del patio, creo que es la serie de infancia a la que más cariño le tengo. A día de hoy, cuando veo un grupito de niñas pijas (entiéndase niñas como mujeres de cualquier edad), siempre pienso “mira, las Ashleys”, y no hay día que no pase por delante de un parque y no piense en la columpiadora. Ahora que lo pienso, quizá me cambie el nombre en redes a Ele Spinelli (que resultó ser también una Ashley). Suena bien, ¿eh? Lo valora seriamente.

Como he dicho al inicio del texto, quizá lo que eche de menos no sean las series, pues al final cada generación aprecia las suyas de una manera que los demás no podemos entender, sino el recuerdo de ser niña, de no tener preocupaciones y de saber que todo estaba bien en el mundo mientras desayunabas tu ColaCao delante del Club Megatrix.

Estar nostálgicos es una cosa maravillosa, significa que vivir ha merecido la pena.

Os quiero.

De pequeña me decían que me parecía a Punky

Una de mis series favs: California Dreams

Las Charmed siempre fueron tres y ninguna es Page JAJA

Te quiero Spinelli

Os acordáis de Celebrity Deathmatch?