⚠️ PÁGINA EN CONSTRUCCIÓN (HAGO LO QUE PUEDO JEJE) ⚠️
Cuando pienso en pelis que me cambiaron la vida, por diversos motivos me vienen muchísimas a la cabeza.
Unas, como El club de los poetas muertos o El indomable Will Hunting, porque sencillamente se metieron en mi cerebro y se quedaron a vivir para siempre; otras, como La novia cadáver, Sleepy Hollow o Eduardo Manostijeras (Burton forever), porque me dieron un universo alternativo que acogería como propio y donde sentiría que encajo. Otras, como es el caso de Moulin Rouge, porque son el motivo por el que existen las salas de cine: una desproporción visual, lo más cerca que he estado seguramente de consumir alucinógenos.
También en esa variopinta lista está Gladiator, que, si bien de estrenarse hoy me generaría una opinión bien diferente a la que tengo, le profeso un profundo cariño; al igual que me pasa con Titanic, un drama romántico épico que hoy no sé qué opinión me hubiese despertado, pero que cuando se estrenó en el 97 se convirtió en el epicentro de mi pequeño mundo.
Las series también hicieron sus destrozos conmigo. Es imposible para mí hacer un repaso de las historias que me formaron como persona sin hacer alusión a Lost, probablemente la serie que más me ha obsesionado en la vida y a la que siempre pondré por encima de cualquier otra. No por su calidad, que eso, como todo, puede ser más o menos discutible, sino porque marcó un antes y un después en mi vida. No solo me dejó el cerebro torcido con los mejores cliffhangers de la historia de la tele, sino que, al menos para mí, marcó el inicio de mi conversión en seriéfila empedernida, consumiendo series por encima de mis posibilidades.
Otra de esas que resisten el paso del tiempo fue A dos metros bajo tierra. Hay series que marcan a cualquier edad, pero esta es de esas que, como te pille joven y perdido, acaban moldeándote más que tu propia familia. No tengo palabras para definir otra de las mejores series que ha parido la televisión. En un terreno más de thriller entretenido, tengo en lo alto del pedestal a mi queridísimo Dexter Morgan, mi sueño húmedo. Fueron muchos los años en los que soñé que existía, pero con un código moral mucho más laxo, donde se cargase a gente solo por escuchar música sin auriculares en el autobús o ese tipo de cosas. Si me diesen un euro por cada vez que pienso "qué falta nos hacía un Dexter" al día, sería millonaria.
Los dramas médicos también tienen su parte de culpa en esto de forjar la personalidad, pues creo firmemente que al final uno es la suma de la cultura que consume, para bien o para mal. House es, sencillamente, una obra maestra. Sí, vale, tiene capítulos flojos y temporadas en las que se le va un poco la castaña, pero fuera de ese pecado que acaban cometiendo casi todas, creo que es una serie redonda con unos personajes increíbles. Otra de médicos, Anatomía de Grey, es memorable en muchos aspectos y, al igual que House, por tener una banda sonora de las que forjan generaciones. Y si hablamos de música, ¿cómo no mencionar a The O.C. y Smallville? Series de carpeta, de tatuaje; de esas que 20 años después se han convertido en mi lugar seguro y que reveo una y otra vez porque me hacen sentir en casa.
Pero si volvemos al terreno de las películas (que ya me he desviado lo suficiente con las series), necesito hablar de Trainspotting. Una película que vi creo que demasiado pequeña (una vez hice cuentas y me salía que la había visto a la tierna edad de 13 años) y, a veces, la edad es todo lo que importa cuando hablamos de cosas que te cambian la vida. Ojo, que Trainspotting es un peliculón de principio a fin y una joyita indie indispensable. De hecho, a día de hoy creo que no he vuelto a encontrar ninguna película "así", signifique eso lo que signifique. Cuando tenía 17 años, en el cole organizaron un concurso donde el ganador tenía derecho a elegir la película que vería toda la clase; gané yo y les casqué Trainspotting. No me extraña que me hiciesen bullying, JAJA. Espero haberlos traumatizado a todos de por vida con la escena del bebé.
En un plano todavía lisérgico también entró en mi vida Réquiem por un sueño, cuya banda sonora y traumas me siguen acompañando en los trayectos de autobús. Años más tarde, todavía estando yo tierna e impresionable, llegó El club de la lucha, una epifanía total que a día de hoy me hubiese provocado algún calambre en el ojo de tanta testosterona, estuviese o no el guapo de turno en ella (entonces era Brad Pitt... ¿quién sería hoy el guapo de turno? Hum!). De hecho, aunque creo que es una película que puede entrar en cualquier top de cosas chulas del cine, si alguien (generalmente hombres) me dice hoy que es su película favorita, es probable que lo encasille en "heterobásico criptobro de manual" y, creedme, es muy difícil salir de esa zona.
Otra película que también me cambió la vida y el cine en general fue Matrix. No solo me enamoré sin remedio de Keanu Reeves, sino que me enseñó que las mujeres pueden ser sexis y dar hostias como panes enfundadas en abrigos de cuero imposibles. No os voy a negar que, haciendo este repaso, aunque todo son películas increíbles e indudablemente historia del cine, me da un poco de pena que las propuestas más indies o no tan "hetero-blanco-Hollywood" tardasen tanto en llegar a mi vida. Menos mal que estaban las series, donde siempre ha habido más diversidad en todos los sentidos posibles. Por el camino del cine me dejo en el tintero traumas eternos como La vida es bella o todas las películas de Disney, que creo que se merecen su propio especial en esta web (me apunto la idea para el futuro cercano).
Mirando atrás, queda claro que la identidad no es más que un puzle construido a base de cine, series y música. Porque al final, por mucho que se intente restarle importancia, no se puede negar lo evidente: la cultura que se consume nos moldea. Y aunque esa afirmación es válida para cualquier etapa, hay edades en las que somos peligrosamente impresionables.
Antes, a muchos los educaba la tele; hoy, la "caja tonta" se ha comprimido, se ha vuelto todavía más tonta y nos cabe en el bolsillo.
Tened cuidado con lo que consumís, porque acabaréis pareciendoos a ello, para bien o para mal.
Gracias por leerme.
Os quiero!
Historias que me cambiaron la vida














