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Super Mario Galaxy

Por Ele Pinkman

3 min leer

Acabo de ver Super Mario Galaxy y he tenido que tomarme un ibuprofeno.

He sentido que estaba en una especie de bucle brain rot de TikTok, dentro de una máquina tragaperras de la que era imposible salir. Escuchaba voces lejanas, pero no sé qué me decían, pues las ahogaban los sonidos propios de vídeos de sobreestimulación cerebral. Vaya, que no me ha dado un derrame por los pelos.

Para quien no sepa de que va la vaina en esta ocasión Mario, Luigi y Peach viajan al espacio para rescatar a Estela (que se llama así en España pero para el resto del mundo es Rosalina), la hermana INVENTADA de Peach, que ha sido secuestrada por el payaso de baby Bowser, y detener los planes del panoli este, quien además utiliza el poder de las estrellas que tiene Estela para amenazar el universo.

Una odisea espacial que, sobre el papel, suena épica, pero que en pantalla es un caos de colores.

Cuando veo películas así, de "vivir en una tragaperras", siempre me pregunto si soy yo, que estoy “mayor” para tanto estímulo, o si realmente la película se está pasando de vueltas. Si esto es lo que necesitan los niños para prestar atención, nos espera un futuro jodidísimo.

Y me da rabia hacer esta crítica, porque yo quería que me gustase. Me encanta Super Mario y me gustó mucho la primera película, pero esta es un despropósito. Me jode por partida doble porque en esta sale Yoshi que, a riesgo de ser un cliché con patas, he de admitir que me causa mucha ternura y es una de las cositas que más me gustan del universo Mario. Pero su papel queda relegado a su mera existencia: figurar, estar ahí sin más y sacar la lengua de vez en cuando. Gracias por nada, Nintendo.

La trama es repetitiva, pero de eso no me puedo quejar ya que, a nada que lo pensemos, Mario lleva vendiendo lo mismo toda la vida: que si Bowser, que si Bowser Junior, que si rescatemos princesas (que ahora se rescatan solas porque ya no necesitan fontanero), que si castillos, champiñones y bichitos cuquis varios… no sé hasta qué punto importa aquí el guion.

No me suelo fiar de las críticas profesionales porque muchas veces creo que un señor de 60 años, fan de Tarantino, Scorsese y Sorrentino, nunca va a hablar bien de cosas como esta. Evalúan todas las películas como si tuviesen que ser carne de premios, cuando para lo que han nacido muchas de ellas es solo para entretener. No entiendo a la gente que evalúa animación o cine infantil como si fuesen los Oscars.

A estas pelis hay que valorarlas dentro de su propio universo. No puedes decir que Pocoyó es una mierda porque, sencillamente, no está pensada para ti, sino para tu hijo. Lo mismo con Ladybug, la Patrulla Canina o lo que te venga a la cabeza.

Pero dentro de ese contexto, el adulto-infantil, creo que igualmente hace aguas por todas partes. O no, es que ni recuerdo la trama; había demasiadas luces, demasiadas explosiones... no sé bien qué he visto.

A veces me pregunto si esta sobreexposición de estímulos que sufren los niños (y no tan niños) es en realidad un superpoder. A mí me hablan dos personas a la vez y me siento como Pingu: colapso. La juventud actual es capaz de atender a tres pantallas donde se proyecten cosas diferentes y contestar mensajes de Instagram, TikTok y WhatsApp a la vez. ¿A ver si es que su cerebro va a estar más desarrollado y lo estamos entendiendo mal? ¿A ver si los tontos vamos a ser NOSOTROS?

En definitiva: ¿quién necesita drogas cuando puedes ver Super Mario Galaxy?

Gracias por leerme, os quiero!

Super Mario Galaxy: Una experiencia lisérgica