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Sorda
Por Ele Pinkman
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A veces voy por la calle y me encabrona ver que no hay espacio para las sillas de ruedas. Veo aceras insalvables, establecimientos vetados para quienes no tienen la suerte que otros sí tuvimos y, en general, lo difícil que le resulta vivir a ciertas personas cuya mera existencia parece ser un inconveniente para los demás. Es fácil olvidar que mañana podemos ser nosotros los que estemos en esa silla o los que suframos algún tipo de discapacidad. Que no todo el mundo nace con ella; que no por cumplir los 30 estás fuera de peligro.
Hay veces en que esas grandes putadas de la vida pasan más inadvertidas, como es el caso de la gente sorda. No los tenemos en cuenta porque, aparentemente, no existen. No hay nada en su anatomía que nos indique que esa persona no es como tú o como yo, y con las prisas del mundo moderno no nos paramos a pensar ni un segundo si quien tenemos enfrente no nos escucha.
No porque sea imbécil —que suele ser nuestro primer pensamiento—, sino porque, efectivamente, no puede hacerlo.
Los sordos son fantasmas integrados en la sociedad. Están ahí, todos los vemos, pero el mundo no cuenta con ellos. Imaginaos vivir una emergencia y que no haya nadie con quien comunicarte, nadie que te diga lo que está pasando, que tu único recurso sea leer los labios en una situación caótica. Imaginad lo que tuvo que ser la pandemia para una persona sorda: todos los ciudadanos del mundo cubriéndose la boca, anulando su única posibilidad de comunicarse con el exterior.
Sorda cuenta la historia de Ángela y Héctor, una mujer sorda y su pareja oyente que deciden tener un hijo con las preguntas obvias sobre la mesa: ¿Es sensato traer al mundo a una criatura que puede nacer con tu misma condición? ¿Es tu deseo de ser madre tan egoísta que estás dispuesta a jugar con la suerte? ¿Es legítimo que opinemos los demás, los que no tenemos ni puta idea de nada? ¿Los que no teníamos ningún problema porque alguien nos hablase con una mascarilla puesta?
Sorda es una película para la reflexión que nos adentra, aunque sea solo un poco, en el día a día de esas personas que la sociedad se empeña en no ver. Y paradójicamente, también en no escuchar.
Porque al final, quizás la verdadera discapacidad sea la nuestra: esa incapacidad crónica de mirar más allá de nuestro propio ombligo. Nos llenamos la boca hablando de inclusión mientras seguimos diseñando un mundo a medida solo para los que "estamos bien", como si la salud fuera un contrato vitalicio y no un préstamo que nos pueden revocar en cualquier esquina.
Nos molesta el silencio ajeno porque nos obliga a bajar el ritmo, a tener paciencia, a usar las manos o la mirada para algo más que para teclear en el móvil. Y mientras sigamos creyendo que el problema es de ellos, y no de un sistema que los ignora por pura desidia, seguiremos siendo nosotros los que, teniendo oídos, elegimos no enterarnos de nada.






