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La Vida De Chuck

Por Ele Pinkman

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Siempre que escucho que una película es una novela de Stephen King, me imagino algo de terror, de misterio al menos. Algo oscuro, macabro, tétrico; entendéis la vibe.

Si bien evidentemente reconozco el talento extremo de este señor a la hora de escribir, hace tiempo que dejé de conectar con su obra; no tanto por las historias, sino por una cosa personal mía donde ahora mismo, en este momento concreto de mi vida, me cuesta conectar con cosas que pasan en un pueblo de Wichita o con personajes altamente americanizados (soy yo, no eres tú, Stephen).

Total, que en mi ignorancia, no sabía yo que La vida de Chuck no solo era obra suya, sino que además era un canto a la vida. Una película llena de color, llena de positivismo y, sobre todo, de la lección que todos sabemos y raramente aplicamos: sé feliz. Y como dice el propio Tom Hiddleston (protagonista de la película) en una célebre entrevista suya…. dance more.

La verdad, creí que iba a llorar (soy extremadamente sensible), pero no lo hice. No por falta de emoción, sino porque creo que es una de esas películas que, más que inducirte las lágrimas, se te quedan en el cerebro y un día cualquiera la recuerdas y esbozas una sonrisa cansada de esas que dicen: “joder, es que es verdad, no he aprendido nada”.

La historia de La vida de Chuck se vive al revés. Pero no en plan Benjamin Button, aquí nadie hace cosas raras con el tiempo, sino que conocemos a Chuck al borde de la destrucción del universo como una preciosa analogía de la muerte misma; y allí nos lleva de paseo por sus mejores recuerdos o, al menos, aquellos que le hacen feliz.

Para quienes la hayan visto, diré que la escena del baile, más allá del buen rollo que transmite, me tocó en lo personal. Siempre he sido muy bailarina: bailo en el súper (bueno, no bailo, me muevo con energía), bailo en la calle si llevo auriculares, canturreo en el autobús y más de una vez me he arrancado a bailar con extraños por la calle delante de un músico callejero.

Soy de la firme opinión de que bailar no arregla problemas, pero aligera la mente, aunque sea solo durante un par de minutos. Puede parecer una tontería para todos aquellos que no se dejan llevar por la música, pero no hay nada más contagioso que alguien bailando y alguien feliz.

Y eso es lo que transmite La vida de Chuck; ya lo decía Hubbard: “no te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo no vas a salir vivo de ella”.

Stephen King y el arte de bailar mientras el mundo se acaba