⚠️ PÁGINA EN CONSTRUCCIÓN (HAGO LO QUE PUEDO JEJE) ⚠️

Hamnet

Por Ele Pinkman

3 min leer

Imaginad un día de esos de otoño, de esos que aparecen de la nada con el calor pegajoso del verano. Imaginad que estáis en un bosque que huele a robles y a naturaleza mojada.

Si cerráis los ojos, podéis escuchar a los pájaros hablando entre ellos y, muy al fondo, ahogadas por el sonido de la propia naturaleza, unas risas infantiles e inocentes. Vuestros pies descalzos tocando la alfombra de hojas anaranjadas.

Sois rematadamente felices. Pero entonces ocurre una desgracia. Las risas de los niños se convierten en tragedia.

Pues eso, amigos míos, es Hamnet.

Al verla, piensas que es completamente lógico que Jessie Buckley esté nominada: su papel de madre es desgarrador.

Pero no se entiende la omisión de Mescal. Hay algo en él —en sus ojos, en su voz, en la manera que tiene de transmitir un alma rota— que hace que se te encoja el alma cada vez que habla. Me pasa mucho con este actor, como si tuviese un don al alcance de muy pocos: el de ser capaz de insuflar vida a personajes que, de tan rotos, parecen fantasmas.

Hamnet es una película sobre el duelo, sobre no dar las cosas por sentado. Sobre la consciencia dolorosa de saber que todo lo que nos ha dado la vida puede desaparecer mañana.

Que nada es eterno ni fijo, que lo único constante en el universo es el amor de la familia. Y que ese amor que duele y desgarra también puede generar arte. Que el amor nunca desaparece, pero a veces se transforma. ¿Porque qué es el dolor sino amor desconfigurado?

Respecto a la novela de Maggie O'Farrell, las diferencias son las que cabría esperar de un lenguaje tan distinto como es el cine. Mientras que el libro se recrea en una atmósfera casi mística, donde el olor de las plantas y la sabiduría ancestral de Agnes (Anne) lo llenan todo, la película decide poner el foco en el rostro y la mirada de sus protagonistas.

Se pierden detalles, claro, y esa estructura narrativa tan delicada del libro se vuelve aquí más lineal, más directa al pecho. Pero aunque el papel siempre permite una profundidad que el metraje limita, la esencia de esa madre que es casi una fuerza de la naturaleza y ese padre superado por la sombra de su propia genialidad, están ahí, intactos.

No hay pruebas académicas que constaten que Shakespeare escribió una de sus obras más populares en honor a su hijo, pero cuesta creer que, tras la experiencia más dolorosa que puede vivir un padre, no esté relacionado. Y sí, claro que hay licencias y omisiones en esta adaptación literaria y, en circunstancias normales, me pondría a destacarlas, pero hoy no. No me apetece.

Hamnet es el motivo de que me guste el cine (y la literatura). Porque el cine a veces está para hacerte sentir cosas, para removerte tanto por dentro que, cuando sales de la sala, ya no eres la misma. Hago una reverencia a la pantalla y desaparezco por hoy.

Gracias por existir, cine.

Cuando el dolor se transforma en arte