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Frankenstein 2025
Por Ele Pinkman
3 min leer


Escribo esta crítica habiendo reposado el hype, habiendo puesto un poco de tiempo de por medio para criticar en frío y con la perspectiva que da el tiempo. Me encantaría decir que es una de mis películas favoritas de 2025. Me encantaría decir que la disfruté muchísimo y que bla, bla, bla. Lo siento, amores, pero no va a ser el caso.
No es que no me haya gustado, ojo, sino que simplemente para mí se ha quedado en un “meh, ok, sin más”.
A nivel visual es increíble (todo lo que hace Guillermito es espectacular), pero hay algo en la cinta que no me acaba de convencer del todo. No es una película que vaya a volver a ver, la verdad. ¿Pudo influir verla en televisión y no en cine, que es quizá donde brille la historia? Por supuesto, pero qué le voy a hacer… cosas de pobres.
La primera media hora se me hizo un poco soporífera (nada insufrible ni mucho menos, but) y, por supuesto, todos están maravillosos (no supermegadestacables, pero maravillosos, sí). Quizá a Isaac lo vi un poco sobreactuado de más por momentos, pero entiendo que la historia roza lo teatral, así que es comprensible. Repito que a nivel visual ha sido un deleite para los sentidos. Cuántos fondos de pantalla imaginarios me ha dejado…
Quizá no sea la película, quizá sea yo. Que me he cansado de los clásicos, de las historias manidas y reinventadas una y otra vez. De las grandes producciones que no me dicen nada especial y de ver a los mismos actores hasta en la sopa. Quizá me haya cansado de los hypes, de los 400 vídeos sobre “analicemos el color rojo de Frankenstein” y de que Netflix se haya convertido en el epicentro de la cultura audiovisual. O de que las Martas de Zara, cuyo ejemplo de película sublime es Yo antes de ti, quieran convencerme de que su opinión es relevante.
Y por frases como estas, niños, tengo mi propia web: si digo esto en redes, ME COMEN 😂.
Las altas expectativas tienen la capacidad de arruinarlo todo. Vivimos en una era donde nos venden la piel del oso cuando las ideas están todavía en pañales y, para cuando la película llega a nuestras pantallas, ya nos han convencido de que estamos ante la octava maravilla del mundo.
Es ese ruido constante, ese bombardeo de tráileres que te cuentan media película y esas críticas de influencers que buscan ser más importantes que la propia cinta, lo que acaba por empañar la experiencia. A veces, vas buscando una revelación religiosa y te encuentras con un producto que, aunque técnicamente impecable, tiene el alma de la ropa de Primark: muy bonita por fuera, pero a nada que te la pongas dos veces, le salen pelotillas.
Pero como siempre digo, esto no es más que una opinión y si tú sí que la has disfrutado (de manera casi épica, quiero decir), me alegro muchísimo por ti, porque ojalá yo, la verdad.
¡Chimpún!






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