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All Of Us Strangers (Desconcidos)

Por Ele Pinkman

3 min leer

No es ningún secreto que uno de mis actores favoritos es Andrew Scott, y a Paul Mescal le cogí mucho cariño después de ver Aftersun (y no Normal People como casi todo el mundo; llegué tarde a esa moda). Así que era MENESTER ver Desconocidos, que además tenía como premisa un drama gay-familiar de los que tanto me gustan.

Antes de meterme en faena, os cuento de qué va: Adam (Andrew Scott) reside en una torre de Londres prácticamente deshabitada. Un día conoce a Harry (Paul Mescal), un vecino con quien comienza una relación. Mientras tanto, Adam, quien perdió a sus padres en un accidente cuando tenía 11 años, regresa a la casa de su infancia y descubre que ellos aún viven allí, aparentemente indemnes por la tragedia que los golpeó hace años.

Pero Desconocidos es, sobre todo, una historia de profunda soledad; de personajes lidiando con una abrumadora sensación de abandono. Es también, por supuesto, una historia de amor: de amor romántico entre Adam y Harry, y de amor familiar entre Adam y sus padres.


Unos padres que llevan más de 20 años ausentes; unos padres casi desconocidos que se han perdido los grandes triunfos y fracasos de su hijo. Que no han podido estar ahí para acompañarle en el camino de la vida ni le han visto convertirse en un hombre. Unos padres que lidian de golpe con la homosexualidad de Adam, un hombre forjado en el dolor y un niño todavía atormentado por la pérdida de esos mismos padres que se nos presentan como si nada hubiese pasado, pero siendo conscientes de su condición.

Vemos a Adam comiendo con sus progenitores, abrazándolos, teniendo conversaciones reales en lo que creemos que es, quizá, un delirio o una ensoñación. Pero nos da igual porque nosotros, al igual que él, queremos creer que es verdad; que ellos están ahí, que quizá el espacio-tiempo se ha doblegado para darle unos días más con la familia que nunca pudo tener.

Desconocidos es también la historia de soledad de Harry, que necesita conectar con alguien desesperadamente. Un joven que afirma que “sabe lo que es dejarse de cuidar a uno mismo” y que permanece al lado de Adam, cuidándole y dándole razones para que su vida deje de tener una permanente tonalidad grisácea.

Llega un punto en la película en el que la ensoñación deja paso a las preguntas: ¿Es una realidad paralela? ¿Está Adam también muerto? Una parte de nosotros necesita conocer las respuestas; la otra, la que es capaz de ponerse en la piel del personaje, quiere lo mismo que él: que sea lo que sea, dure un poquito más. Un poquito más de tiempo para hablar con mamá, para contarle que la vida no ha sido nada fácil sin ellos. Un ratito más para decirles que los echo de menos, para que me digan que están orgullosos de mí y para condensar en unos minutos toda una vida de ausencia. Un ratito más para decirles que los quiero, para darles un último abrazo.

Andrew Scott y Paul Mescal en el laberinto de la soledad

Porque, al final, la película nos recuerda que el duelo no es una línea recta, sino un laberinto en el que nos quedamos atrapados buscando palabras que nunca llegamos a decir. Andrew Haigh dirige con una delicadeza que duele, convirtiendo cada plano en un refugio donde los fantasmas no asustan, sino que acompañan. Es un recordatorio de que las heridas de la infancia no se cierran con el tiempo, sino con el perdón y la comprensión mutua, incluso cuando esta llega "demasiado tarde".

Desconocidos no es solo cine; es una sesión de terapia que te obliga a mirar a tus propios "desconocidos" y a preguntarte qué les dirías si el tiempo te regalase, solo por una noche, la oportunidad de volver a casa.