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Sobre Los Cines de Barrio
Por Ele Pinkman
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Cuando era pequeña, en mi ciudad había tres cines: el grande, donde estaba todo y con las salas más acondicionadas; el del medio, que proyectaba pelis un poco más indies y también cosas estilo “Marvel”; y el pequeño, donde daban sobre todo pelis indies que para mí, de pequeña, eran un poco infumables porque todo me sonaba a cine polaco de los años 30 sin subtitular. Yo quería luces de colores, pañum pañum y lo que considerase por aquel entonces superhéroes (época pre-Marvel, paleolítico cinematográfico).
Aun así, iba de vez en cuando a ver alguna otra peli que se colaba en la cartelera de aquellos cines que parecían tener más años que la ciudad en sí misma, y disfrutaba de una experiencia que nada tenía que ver con Cinesa o Yelmo, a donde había ido alguna que otra vez cuando residía en Madrid.
Las salas eran más pequeñas, me hacían sentir en casa. El trato de quien vendía las entradas y las palomitas era tan cercano que, al final, tenía la sensación de que los conocía de toda la vida. Hasta los baños se me antojaban familiares. Hubo días en los que lo único que me habría faltado hubiera sido acudir en pijama y manta.
Con los años, aquel cine de pelis polacas sin subtitular mutó en “es el único cine donde puedo ver tal cosa” y, de ahí, un tiempo después, añadió la extensión “tal cosa… en versión original” (hace siglos que no voy al cine a ver una película que no esté en VOSE).
De pronto, me convertí en el público de esos cines. Un público que valoraba el cine de verdad, para quien era importante la calidad de las películas más allá del plan de "echar la tarde". Yo nunca he ido al cine por ir, por hacer algo. Nunca he ido a ver cosas que no me interesaban simplemente porque no tenía nada mejor que hacer. “Vamos a ver Transformers 3” no me suena precisamente atractivo que digamos; estoy mejor en mi casa (y no gasto dinero tontamente). Que, ojo, es un plan muy lícito y muy guay, simplemente yo no soy así.
Me pasa también con la música y los libros: si no me aportan, no me interesan. También me sucede con las personas, JAJA.
El tema es que un día pasé por allí y vi los carteles que anunciaban que iba a cerrar. Me dio muchísima pena. Nunca supe bien por qué, así que siempre hice mis suposiciones: ¿sería imposible competir con Cinesa? ¿No había público? ¿Quizá fallaban las películas? ¿Una mezcla de cosas? Asumí el cierre y seguí sumergida en mi vida. Y un día pasé por allí y…
¡Voilà! Había vuelto a abrir. Un pestañeo y, voilà, había vuelto a cerrar.
Aquel cine, mi cine, se convirtió en algo que no era seguro. Algo que estaba hoy, pero podría no estar mañana. La vida adulta me absorbió y, después de muchas vueltas, muchas idas y venidas, me reencontré de nuevo con él. Como decían en Moulin Rouge (película que me tragué seis veces en aquel cine): “Los días se convirtieron en meses, los meses en años, hasta que un buen día…” volví a cruzar las puertas de aquel cine, mi cine, esperando no tener que volver a decirle adiós.
Quizá sin aquel cine de barrio hoy no tendría esta web que tanto me gusta (aunque no la lea ni el tato).


Sobrevivir más allá de los taquillazos
Mi vida no hubiese sido la misma sin uno de estos
