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Severance
Por Ele Pinkman
4 min leer


Severance es, como dice la juventú, “muy mi mierda”.
Haré una breve sinopsis para los que no sepáis de qué hablo: imaginad que pudieseis dividir vuestro cerebro en dos, de forma que una parte fuese vuestro “yo trabajador” y la otra vuestro “yo fuera del trabajo”, y esos yoes no se conociesen de nada ni supiesen la vida del otro yo.
Esta es, muy resumidamente, la premisa de esta fascinante serie de Apple TV+ con Adam Scott como cabeza de cartel en una oficina futurista sin pies ni cabeza (como todas las oficinas), donde unos no saben lo que hacen y otros fingen saberlo (como todas las oficinas).
Severance empieza con la imagen de una mujer tendida sobre una gran mesa de oficina. A su lado, Adam Scott le hace preguntas extrañísimas mientras ella intenta recuperar la conciencia. No está herida, a lo sumo un leve chichón, solo adormilada. Adam titubea, también está un poco perdido; la situación es bastante bizarra pero, siendo Adam quien es, que viene con nuestro cariño incorporado de serie, te quedas pasmado, como lo están los dos, sobre todo la mujer mientras se siguen sucediendo las preguntas.
Es difícil hablar de Severance sin hacer spoilers. Es, ante todo, una reflexión moderna sobre la vida y el trabajo. Sobre toda esta generación de millennials y zetas (y los que vendrán detrás) que no entiende a quién se le ocurrió lo de trabajar 40 horas a la semana. Que no entienden que tu vida se resuma en ir al trabajo, estar cansadísimo y volver al trabajo. Una generación que, pienso, daría lo que fuese por poder separar esas dos versiones de sí mismos, porque nada cansa más que llegar reventado de la oficina (o del Burger King) y seguir hablando del trabajo en casa.
Pero es la naturaleza humana, no podemos evitarlo. A veces hablar y ver memes (como diría Ross, "humor basado en mi sufrimiento") es la única terapia que podemos pagarnos. Por eso Severance (que significa separación; no te acostarás sin saber una cosa más) propone un juego muy peculiar: separa esas dos mitades.
¿Eres la misma persona en el trabajo que en casa? Ya te lo digo yo: no. Igual que no eres la misma persona con tus amigos que con tu pareja o con tus padres
En la mayoría de los casos, nuestro yo trabajador no tiene mucho que ver con el yo que está en pijama los domingos. Y por eso mismo, en Severance, se nos plantea la opción de que funcionen como entes diferentes.
Nosotros, como espectadores, vemos esas dos partes de los personajes; conocemos a la persona en el círculo completo y sabemos por qué Adam Scott llora antes de ir al trabajo, pero una vez allí es feliz en su ecosistema de oficina. Severance cuenta también la historia de personas atrapadas en sí mismas, viviendo una especie de Día de la marmota perpetuo, pues lo único que conocen es el trabajo. Una parte de ellos nunca sale de allí, no duerme, no descansa y solo existe entre fluorescentes y hojas de Excel.
Pero lo aterrador no es que la ciencia ficción nos proponga este chip en el cerebro; lo aterrador es que, tras un lunes de mierda, más de uno firmaríamos el contrato sin leer la letra pequeña.
Porque al final, todos buscamos esa salida de emergencia para no llevarnos los problemas de una empresa que no es la tuya a la cama, sin darnos cuenta de que, si borramos lo que hacemos ocho horas al día, quizá acabemos siendo perfectos desconocidos de nosotros mismos.
Severance, una oda absoluta a la "conciliación".








Cuando dividirnos el cerebro es la única salida
Imagina abrir una puerta de la ofi y ver un montón de cabras
Lisa hoy es tu cumple, sé muy feliz Lisa
Sujétame que lo reviento!
Disiclin hace feliz a mi nariz
Más allá de comparativas con el mundo real, Severance es una historia muy entretenida cuya trama te atrapa desde el minuto uno. No es solo un drama de oficina; es un thriller psicológico impecable donde cada pasillo blanco y cada tarea absurda esconden un secreto.
La serie juega constantemente con el suspense de qué narices está pasando realmente en Industrias Lumon, y mientras los protagonistas intentan descifrar las piezas de un puzle que ni siquiera saben que están montando, tú estás en el sofá con esa tensión constante de quien sabe que está a punto de descubrir algo prohibido, como cuando tus padres te pillaban el porrito que escondías en la habitación.
Es un laberinto visual y narrativo que te atrapa hasta el punto donde no concibes irte a la cama sin habértela terminado del tirón, como me paso a mi. Las tres de la mañana me dieron, un delirio vamos.
