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Llorar por todo

Por Ele Pinkman

4 min leer

Yo lloro por todo. Lo he dicho muchas veces y no me avergüenzo (bueno, a ver, un poco sí), pero me da rabia que los demás no me entiendan. Llorar por todo ha condicionado bastantes cosas en mi vida; la primera de ellas: ir al cine. Hay películas a las que no puedo arriesgarme a ir por si acabo desangrándome por los ojos.

Cuando fui a ver Jojo Rabbit —una de mis películas favoritas del mundo mundial— todo iba bien hasta el final. Cuando digo el final, me refiero a los títulos de crédito. Yo estaba bien; de hecho, me sentía un poco orgullosa de mí misma por haber superado aquel drama como un ser humano normal cuando, de pronto, empezó a sonar Heroes de Bowie, fundido a negro, fin de la película y, boom, salió de golpe todo lo que no había salido en las dos horas previas. Empecé a llorar como si tuviese un hijo en la cárcel; tal fue el nivel que la pareja que había sentada detrás de mí —atención— me dio una palmadita en la espalda y me dijo: “ánimo”.


True fucking story.

Cuando fui a ver Lo imposible, una de las películas con las que más he llorado en mi vida, éramos cuatro personas en la sala y menos mal. Tardé en salir del cine 20 minutos porque no podía. No veía. No tenía fuerzas para enfrentarme al mundo real. Call Me By Your Name me dejó llorando durante días, pero esa historia os la cuento en la review de la propia película.

Quizá no lo recordéis, pero hace unos años Disney sacó un anuncio de un patito que quería ser como el Pato Donald y, por azares del destino, acaba volando a Disneyland y conociendo a su ídolo; no me preguntéis por qué, pero me deshice en lágrimas. El final de Lost siempre será una llorera para mí, lo vea las veces que lo vea. El final de Scrubs, también.

Hay una cuenta de Instagram que me gusta mucho, se llama Cultureando, y de vez en cuando hace especiales de personajes relevantes de la historia o cuenta la vida real de, yo qué sé, Tina Turner o Freddie Mercury y, me cago en mi estampa, casi siempre acabo llorando. A mi favor diré que gran parte de la culpa la tiene la música. Sin las BSO yo no lloraría ni la mitad, estoy segura.

Hubo un verano en el que trabajé como auxiliar de farmacia y mi mayor terror era que alguna señora me contase su vida y yo me pusiese a llorar allí como si no hubiese mañana. Viví con ese pánico todo el maldito verano. Quizá, si has llegado hasta aquí, estés pensando: “esta chica es PAS” (Persona con Alta Sensibilidad); pues mira, puede ser, yo qué sé.

También lloré cuando España no ganó Eurovisión y lo tuvimos a puntito de caramelo. Y lloré cuando le dieron el Óscar a DiCaprio. Lloro con las noticias y con el vídeo ese donde hay un Papá Noel que habla en lengua de signos con una niña (y desde entonces digo que voy a aprender lengua de signos).

También lloré el día que fui a la tumba de Oscar Wilde en París, el señor que me animó desde el otro barrio a escribir hasta que me sangrasen las manos y sin el que hoy no sería parte de lo que soy. Aunque la historia real es que lloraba mitad de emoción, mitad porque tenía una china en el zapato que me había hecho ya boquete porque caminaba rápido, ya que me cerraban el cementerio (si es que…).

Aquí tienes el texto corregido. He respetado tus expresiones (como el "xD" o el "unsolicited drama") y he pulido la puntuación para que ese cierre tan rebelde tenga toda la fuerza que necesita.

A veces me da miedo el arte cuando se me presenta en público, porque lo que es natural, normal y carente de estímulos para el 90% de la gente, para mí se torna en una agonía incapacitante. Se me llena la garganta de lágrimas, me sudan las manos, veo lo que va a pasar. Odio que me enseñen vídeos, ver películas con alguien que no sea mi mejor amiga o que la gente me cuente un unsolicited drama. No es que lo odie, es que no soy capaz de gestionarlo. Absorbo las emociones ajenas, aunque esas emociones me las esté planteando una cuchara en una peli de Disney. No-puedo-evitarlo-no-soy-melodramática.

Quizá tengo exceso de sensibilidad (quizá, dice, jaja), pero también encuentro algo bonito en todo ello. Me gusta pensar que el mundo sigue conmoviéndome, y que el 90% de las veces que lloro lo hago de alegría, como emoción positiva, como reacción a algo bonito, y no de pena. Me gusta pensar que soy fría como un témpano de hielo y la realidad es que lloro viendo Bluey.

Pero a pesar de mis limitaciones sociales (xD), no dejaré de ir al cine y llorar cuando sienta que tengo que hacerlo. Y a quien no le guste, que no mire.

Todo es culpa de las Bandas Sonoras

A veces tengo miedo de ir al cine

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