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La Importancia del Cine para seguir adelante.
Por Ele Pinkman
3 min leer


No sé vosotros, pero mi trabajo real (el que me paga el alquiler, porque si espero por este blog o mis redes sociales me moriría de hambre) es un cementerio de ilusiones. Cuando comencé este blog era camarera. En realidad, era lo que ponía mi contrato porque no sabían dónde coño englobar lo que hacía, que era básicamente servir cafés y dulces en un take away.
Era un sitio muy pequeño que me recordaba a las cafeterías minúsculas que abundan en Japón (no he ido a Japón, pero me encanta tragarme vídeos en YouTube) y digamos que, entre servir cafés y limpiarlo de arriba abajo por aburrimiento, aún me sobraba la mitad del turno. Así que un día decidí abrir el Word en el PC que tenía del año de la polca —al que le faltaba poco para funcionar con Windows 95— y ponerme a escribir. Primero escribía historias, relatos breves o simplemente narraba mi aburrimiento supremo en aquella hoja digital que me mantenía cuerda.
Un día, vino la jefa y me dijo que, y cito textualmente: “el trabajo no estaba para chatear”. Y yo pensé: “¿qué dice, señora?”, y entendí que quizá me había visto por la cámara (ese cacharro que fascina a todos los empresarios) y había confundido mis relatos con conversaciones de WhatsApp. Lesson learned. Al día siguiente me traje una libreta e hice lo mismo que estaba haciendo, pero esta vez con un boli de empresa.
Y un día, de buenas a primeras, me puse a hablar de películas. A hacer listas para mí misma, a concebir este blog y todo lo que viene con él. A planear pelis y series para ver y rever. Obsesionarme con el cine me salvó de volverme tarumba en los eternos ratos muertos.
Pasados ocho soporíferos meses decidí que tenía suficiente, hice varias entrevistas y al final me aceptaron en el departamento de marketing de una agencia de viajes. Querían gente con ganas, ilusión, iniciativa y que supiese un poco lo que hacía (check, check y check ) y empecé en mi nuevo trabajo la mar de contenta (y sin acabar de creérmelo del todo, he de admitir). Se supone que aquel trabajo destaparía mi lado más creativo, con un equipo dispuesto a escuchar lo que tuviese que decir y que, a nada que me fuese bien, pintaba como el dream job; ese en el que me quedaría durante un tiempecito.
Nada más lejos de la realidad.
Mi nuevo lugar de trabajo es un cementerio de ilusiones donde, cada vez que contribuyo con algo, recibo una negativa. Así que he aprendido a sobrevivir matando cualquier atisbo de creatividad y limitándome a seguir indicaciones (por muy horrorosas que sean), pensando en el final del día y, sobre todo, en qué película voy a ver cuando llegue a casa. Me paso el día con ensoñaciones como si fuese JD en Scrubs, buscando títulos en una ventana de incógnito, haciéndome calendarios de visionado y, cómo no, encontrando huecos para escribir el contenido de este blog; tanto las reseñas como este artículo que estáis leyendo ahora mismo.
Cuando era joven, en una época muy oscura de mi vida, mi motivo para seguir adelante era ver cómo acababa Lost o la tercera parte de El Señor de los Anillos. El cine y las series se convirtieron en el hilo que me anclaba a la vida.
La historia se repite, pero de una manera mucho menos amarga. Escribir me mantiene cuerda. Mi trabajo real es este. El otro, el que toque, es simplemente el que paga las facturas.
Gracias por leerme.






