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Jugar a ser cine

Por Ele Pinkman

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Cuando era pequeña jugaba a las películas. Pero no a ese juego donde das pistas absurdas y los demás tienen que adivinar qué película estás representando, no. Yo jugaba al Twister (y fingía que lo había perdido todo en un tornado, todo muy alegre); jugaba a ser Marty McFly dando saltitos y creyendo que había viajado en el tiempo. Jugaba a que Jumanji estaba sucediendo de verdad, que no deja de ser la versión completamente evolucionada de "el suelo es lava".

Jugaba a ser cine.

Mi mente podía imaginar que era Máximo Décimo Meridio (comandante de los ejércitos del norte) o que bajo mis pies se hundía el Titanic. Y, por supuesto, jugaba a ganar un Oscar. Si me dieran un euro por cada vez que he jugado a eso, levantando un Oscar de los chinos cuya etiqueta rezaba “Al mejor padre”... Jugaba sola o jugaba con mi amiga Eri, que tampoco estaba muy bien de lo suyo (y gracias a Dios hoy sigue siendo también una friki de las pelis, los libros y la música); jugábamos a ser todo aquello que nos era ajeno pero que convertíamos en propio.


Me contaba hace poco una amiga que, cuando era pequeña, estaba obsesionada con la película Mi pequeño Panda y se la llevaba a clase todos los días porque se sentía bien sabiendo que la tenía en la mochila. Yo hice lo mismo con Moulin Rouge y no era precisamente pequeña. El cine siempre ha estado en mi vida, al igual que la música y los libros.

Es la gasolina que alimenta mi no tan pequeño cerebro. El motivo por el que muchas veces merece la pena seguir (la expresión “no me puedo suicidar porque tengo que ver tal cosa” se ha vuelto peligrosamente frecuente en mi vocabulario, aludiendo a una etapa muy oscura de mi vida donde no puse fin a todo porque mi parte friki-racional quería ver qué habían hecho con El Retorno del Rey).

De manera inconsciente (bueno, no tanto), he ido eligiendo a las personas que forman mi vida en base a sus gustos. Suena elitista, ¿pero no es acaso lo que hace todo el mundo? ¿No nos juntamos con personas afines, con las que podamos hablar? ¿Gente que aporte? Pues eso.

Como dice "la juventú": si no aportas, aparta.


En mis tiempos, Tinder no estaba conectado con Spotify, de forma que no podías añadir una canción “que pegase contigo”. Una opción que encuentro extremadamente útil, porque imagina que te flipa alguien pero la canción que elige es de Maluma. Bajonazo. Con el cine pasa lo mismo. Dame cinco títulos y ya decido yo si me interesas o no. Y si no tienes cinco títulos que darme, entonces aparta.

La vida nunca es bella, y por eso necesitamos el cine. Yo, al menos, lo necesito para volver a conectar, para despejar mi cerebro pero también para alimentarlo.

Oscars de los chinos, espadas y la bajona existencial